La Navidad en otros planetas

Kepler-22b,  en la Constelación del Cisne

Este es un planeta acuático. Los keplerianos dividen el año en diez meses de 29 días; el último día 29 del décimo mes, hay una gran celebración para recibir el Nuevo Año.

En esta ocasión se festeja también que los seres que transforman los desperdicios y los minerales en comida -usando la luz de la estrella Kepler y practicando la hidrólisis- comienzan a recuperar sus poblaciones, que alcanzan su máximo anual en torno al quinto mes (el verano).

Kepler -22b es un planeta con un profundo océano y sin islas. Todo el mundo vive cerca de la superficie, en pequeñas ciudades flotantes que parecen medusas ciclópeas. En estas fechas tan señaladas, los keplerianos emiten música en tonos graves que se difunde a largas distancias submarinas; también decoran sus casas con frutos marinos que atraen a seres luminiscentes. Así las casas lucen lindas, como si fuesen bosques submarinos ecuatoriales.

La comida típica de Navidad es un organismo parecido al musgo, pero de color azul cyan; el azul es símbolo de esperanza, pues es el color de la mayoría de organismos autótrofos que hacen la electrólisis en la época de menor actividad y aguas más frías. Este musgo azul sabe parecido a las gambas agridulces.

TRAPPIST-1d, en la Constelación de Acuario

Este planeta orbita alrededor de una estrella enana ultrafría. Estas estrellas son como las luces led, que dan poca luz pero duran toda la vida. En Trappist-1d, los días son como amaneceres frustrados. Pero cuando no hay otra cosa ves la parte buena, como que el horizonte siempre está vestido de colores psicodélicos.

En Trappist 1d, la Navidad se celebra cada tres mil cuatrocientos dieciséis años. Lo que no es tanto como parece, ya que los años sólo duran cuatro días terrestres. Al culminar el «Gran Año», llega un intervalo de doce años apenas, en el que Trappist 1d está a la mínima distancia posible con el resto de planetas de su sistema. Esto es importante, ya que supone una ventana preciosa para intentar comunicarse.

Ocurre que Trappist no sufrió fase tecnológica alguna; por lo que su evolución natural pudo completarse sin problemas y alcanzar la forma de macroorganismo integrado. Es decir, Trappist 1d es como un solo ser, con su propia consciencia o alma unitaria; lo cuál no es incompatible con el florecimiento de trillones de formas de vida (especialmente acuáticas) que tienen menor o mayor comprensión de su existencia como parte de un cuerpo planetario.

La Navidad es el tiempo de la esperanza y la expectación; ya que cada nueva Navidad, el alma planetaria y también su miríada de pequeños seres marinos y palustres vibran al unísono -literalmente- para intentar contactar con la consciencia de algún otro planeta del sistema. De momento las frecuencias electromagnéticas no han establecido comunicación alguna; pero la esperanza es allí, verdaderamente, lo último que se pierde. Esta estrella vivirá -salvo catástrofe galáctica- hasta que el Universo sea muy viejo; por lo que tiempo hay de sobra para que otros planetas de Trappist despierten también. Será entonces la Natividad, o Nacimiento, de una Gran Consciencia Estelar.

Ross 128 b (a sólo once años luz del sistema solar)

Este planeta orbita una estrella antigua, que es ahora una enana roja de tenue luz.

El problema de Ross 128 b, es que la mitad del planeta está continuamente mirando a su estrella, y la otra mitad, siempre al espacio exterior; como la Luna con la Tierra. Por esto, un hemisferio tiene todo el año luz, día y noche; y el otro no conoce más que la oscuridad y el cielo estrellado.

Los años duran sólo diez días terrestres, porque Ross 128 b se ha aproximado mucho a su enana roja. Gracias a esta cercanía a su estrella, Ross 128 b puede evitar la congelación. De hecho, la parte soleada estaría abrasada, si no fuese por una atmósfera muy densa que lo protege. En esta parte con sol todo se ve muy de color escarlata, como un escenario nocturno alumbrado con focos de luz infrarroja. Es un rojo que lo llena todo, ya que no es sólo por el tipo de luz estelar sino porque las propias rocas y arenas son muy rojizas, mucho más que las marcianas, debido a la abundancia de hierro.

Incluso los propios rossianos tienen la piel carmesí, y los ojos brillantes como rubíes. Sin embargo, ellos no lo ven así. Su visión está adaptada a este mundo tan encarnado, y convierte los matices rojos en una plétora de experiencias cromáticas. Ellos no saben por tanto que viven en un mundo tan monocolor, sino que experimentan por contrario un decorado de exótico cromatismo metálico, como las bolas de un árbol de Navidad.

La mayor parte de la vida en Ross 128 b ocurre en la frontera entre su día eterno y su noche inacabable; en un anillo que lo recorre de polo a polo. En esta franja, existen poderosas corrientes de aire y tormentas pavorosas, que llevan el agua en forma de nubes a la parte expuesta, y traen calor a la oculta. Este intercambio supone inmensas cantidades de energía libre. Ésta es aprovechada por los organismos superficiales para alimentar sus vidas y organizar sus ecosistemas.

Además, este clima peculiar planetario tiene sus ciclos, y cada año -cada diez días de la Tierra- hay un periodo en que la atmósfera es demasiado convulsa y sacar a pasear al frein o ir a recolectar virites es garantía de que te parta un rayo. Por eso los rossianos se quedan en sus casas, que son como búnkeres en el subsuelo o en el tronco de los grandes racimos de viritoi. A través de túneles, visitan las casas de amigos y familiares, pasando el mes tomando drogas alucinógenas y haciéndo vibrar las paredes con golpes rítmicos. Como hay tanto metal en las estructuras ahuecadas que habitan, el resultado es un sonido como de campanas, muy bello, y que se te mete por todo el cuerpo. Después se duerme otro mes entero, toda la familia y los amigos invitados, y al mes siguiente ya sí es laborable porque las tormentas eléctricas remiten.

Mi padre sí es un elfo

El totalitarismo del siglo XXI se sirve de mentes en stand by, lo que dificulta mucho ayudar a estos conciudadanos a ascender de la conducta primate al juego civilizado. Los totalitarios del pasado -Mussolini, Lenin, Santiago Carrillo- eran al fin individuos con los que se podría conversar al otro lado de la jaula, como Clarice con Hannibal Lecter. Algunos incluso publicaban libros, como Rafael Alberti o Adolf Hitler. Era la época en que para ser racista había que leer a Darwin, y para torturar a personas había que saber ponerlo antes en rima.

Sin embargo, los fascistas de hoy no pasan del eslogan y el argumento circular. No se puede tener conversaciones largas y conflictivas (en sentido dialéctico) con ellos. Es como tratar de debatir con un gorila: lo único que consigues es enfurecerlo y que intente agredirte o dé alaridos para llamar al alfa. Uno de estos comportamientos primates, es el que ha conducido a que no se pueda decir «padre» en esta cancioncilla para navidad:

El Corte Inglés tiene cosas buenas y malas; pero de las mejores que aportan estos almacenes es su publicidad. El Corte Inglés dice en España cuándo empieza la Navidad y cuándo la Primavera. Incluso, algunas fiestas como el Día de la Madre o San Valentín, se celebran desde hace décadas por el empeño inicial de El Corte Inglés. Con las canciones de sus anuncios, se puede hacer una playlist totalmente adictiva que pondría de buen humor a la propia Greta Thunberg.

Este año la campaña ha repetido la del año pasado, «Creo que mi padre es un elfo, sí lo es, sí lo es…» porque nos hizo a todos cantarla mentalmente hasta San Antón. Pero hete aquí que los colectivos colectivistas esos, talibanes de vocación, protestaron por la inclusión de la palabra padre. Hay que joderse.

El razonamiento (si se puede llamar «razonar» a este tipo de violencia a la que someten a su propia mente) es el siguiente: si decimos padre, olvidamos y discriminamos a todas las personas que ya no tienen padre, o no lo han conocido, o son nacidos de dos lesbianas, etc. A estos «marginados» no les quedaría entonces más que ir a una esquina y ponerse a llorar, mientras piden cita en el móvil para el psicólogo.

Obviamente esto es falso. Yo perdí a mi mamá a los doce años, cuando más la necesitaba. Y no sólo me alegra el día de la madre, sino que celebro que mis amigos tengan todavía a la suya, viejita pero apta para preparar un buen guiso. A mi no me quita nada que otras personas tengan algo que yo no, porque no soy tan mezquino, envidioso y mentecato. Todo lo contrario: cuando pierdes la madre pronto, es cuando más aprecias que tu sociedad celebre la maternidad.

Y es que es el tonto el que más tiene que admirar la inteligencia; el ignorante, agradecer que haya gente estudiada que le pueda ayudar; el solterón, que sus familiares y amigos si se hayan casado y contribuido a producir la siguiente generación. Es decir, la carencia no debe llevarnos a desear que todo el mundo se fastidie, como la bruja feminista de Blancanieves que no podía soportar que se manifestase la juventud y la belleza en el mundo. Al contrario; la ausencia nos pone en mejor posición espiritual para valorar lo que es crítico para la salud y prosperidad de toda la comunidad; por eso en las culturas primitivas, los chamanes tienen que pasar por la tragedia, la enfermedad o la locura antes de alcanzar su rol social privilegiado.

El resultado de las presiones de los colectivistas totalitarios, es que el anuncio de El Corte Inglés ya no tiene un niño fascinado con su padre, sino una niña que le da lecciones a su progenitor. La lección en esta versión politikamente korrecta es la siguiente: «todo el mundo es elfo, todo el mundo es especial.»

Esta idea, que parece tan inocente y positiva, no lo es en absoluto. Y es que, la función de un adjetivo es discriminar en grado o clase. Cuando aplicamos un adjetivo a todos, por ejemplo: todo el mundo es especial, todo el mundo es bello, todo el mundo es valioso…» Lo que hacemos es retirar el significado a estas palabras. Es como si decimos: «Todo es azul». Si todo es azul, negamos los colores, y negamos sobre todo el propio azul. El significado se diluye.

No, no todo el mundo puede ser un elfo; porque sólo una de las personas del anuncio es el padre de la niña. Sólo él es realmente especial, figura paternal, pilar de su vida, garante de su protección. Sólo él puede darle regalos “mágicos”, regalos que sean más que meros objetos materiales y sigan en su alma hasta el final de su vida. Es su padre. Es lo más grande que hay para un niño o una niña que tiene un buen padre; el hueco más grande posible si le falta. Ese es el sagrado significado contextual de «elfo», y desde luego no se aplica a los transeúntes, vendedores, o a Santa Claus in person si apareciese con su trineo y sus renos.

No hay nada a esconder, todo lo contrario, en ser padre, o tener padre, o ser como un padre para alguien. Padres y madres son nada menos que el fundamento de la sociedad: su función necesita ser cuidada, protegida y exaltada de forma continua mediante modelos públicos ejemplares. Como el mito de la sagrada familia y la Natividad, que celebran los católicos y deberíamos celebrar todos, cada uno a nuestra manera. Por eso yo seguiré canturreando la versión original de la tonada navideña de El Corte Inglés, acordándome con orgullo de mi padre.