Por qué cada vez hay más aliens nudistas

Nos hemos acostumbrado a ver emerger de los platillos volantes de las películas a seres completamente desnudos. ¿Por qué no nos sorprende? Cuando Spielberg hizo salir en «Encuentros en la tercera fase», (1977) a aquel grupo de zetareticulianos cabezones, ¿Cómo es que ningún personaje se escama y dice: «Y éstos, cómo bajan de la nave en pelotas?»

El alien de la película «Paul» (2011), un gris, resulta gracioso vistiendo pantalones precisamente por la ironía de que no le corresponde llevarlos. Conforme ha ido cambiando la sociedad contemporánea, los mensajeros estelares se han ido haciéndo más sofisticados; y esto ha ido en muchos casos en detrimento de la costumbre de llevar ropa.

Desde al menos el siglo I -cuando Luciano de Samosata narrara un viaje a la Luna y a Venus con interesantes descripciones de sus habitantes- la imaginación humana ha intentado concebir y compartir cómo debían ser y comportarse los seres de otros planetas. No es mera curiosidad; el disponer de «otras civilizaciones» con las que compararnos nos permite observar la nuestra con perspectiva, que era en parte lo que pretendía el escritor greco-sirio. Esto es lo que pasó cuando los europeos conquistamos el mundo: poner en conocimiento a los países de muy distintas formas de vivir y pensar en el globo permitió el desarrollo de la Antropología, la Sociología y otras ciencias del Hombre. Además, tuvo un enorme impacto cultural y político, que nos ha ido cambiando a todos los pueblos.

A falta de seres espaciales a los que entrevistar, los artistas intentan ir más allá de lo que sabemos hoy poniendo a nuestra disposición ejemplos imaginarios de vida alienígena.

Así, películas, cómics, libros y los testimonios de supuestos contactados han ido conformando especialmente en el último siglo una fauna alienígena muy variada: enanos grises con enormes problemas para aterrizar sin estrellar la nave… Enigmáticos nórdicos rubios que no saben nada de IKEA…Reptilianos que se camuflan discretamente como líderes mundiales y cantantes de proyección internacional… Metamorfos, que por la mañana son una rubia sensual y por la tarde un señor con bigote…

Pese a esta extravagante diversidad, todos los alienígenas de tipo humanoide son en cierta medida proyecciones de cómo creemos que será nuestra propia especie en el futuro. Por ejemplo, los grises megalocéfalos y de hipnóticos ojos responden al fenotipo imaginado décadas antes por autores como H.G. Wells («El hombre del año un millón», 1893) o Kenneth Folingsby (»Meda: A Tale of the Future», 1891, donde se describe a los humanos futuros con estas palabras: «Hombres grises diminutos con cabezas que parecían globos llenos de aire caliente.» ). Y es que cuando el Darwinismo estaba en su punto álgido, los intelectuales trataron de trasladar al gran público su preocupación de que la especie degenerara físicamente en la misma medida en que progresaba su tecnología. Esta inquietud resurgió como manifestaciones del inconsciente colectivo, según el ensayo que Carl Jung dedicó al tema ufológico ( «Flying Saucers: A Modern Myth of Things Seen in the Skies», publicado póstumamente). En 1961 -tres meses y medio después de la muerte del psiquiatra suizo- ocurrió el caso de Betty and Barney Hill, considerada la primera abducción de humanos por parte de los grises de la historia ufológica.

Como hace medio siglo, la Humanidad sigue expresando sus inquietudes acerca de su destino en los supuestos pasajeros de los OVNIs. Es algo que en realidad hemos hecho desde el Paleolítico: buscar en la noche estrellada y los «signos del cielo» respuestas a los dramas del mundo sub-lunar. Tampoco el encuentro cercano con los seres celestiales o de universos paralelos es novedad, ya que siempre han habido ángeles, genios, súcubos y hadas interfiriendo el descanso y acechando desde los rincones en la vigilia.

Pero en el siglo XXI ya no nos da miedo «alienarnos» como temía H.G. Wells, sino directamente la extinción propiciada por los demonios que vamos sacando de la Caja de Pandora: Inteligencia Artificial, Bomba Demográfica, Cambio climático… Por estas amenazas cada vez más gente está aceptando que en este siglo se parará la cuenta de la Historia.

Pero si de alguna manera evitamos la autodestrucción, no nos vamos a quedar como ahora. El ser humano cambiará dramáticamente por la imposición de tecnologías ya en desarrollo, quizá aproximándonos a alguna de estas visiones de extraterrestres. Y extra-terrestres serían algunos de esos nuevos hombres y mujeres, al ampliar nuestro nicho ecológico más allá de la Tierra a todo el Sistema Solar.

La forma en que visualizamos estas formas de vida humanoide revela implícitamente lo que nuestro inconsciente colectivo «sabe» de estas opciones que se abren. Por ejemplo, no imaginamos alienígenas o humanos del espacio rezando en dirección a la Meca, detonando bombas atómicas en su propio planeta u organizando campañas electorales. De alguna forma sabemos que esas realidades religiosas y sociopolíticas incuestionables ahora, no pertenecen a ningún escenario en el que la Humanidad logra sobrevivir más allá del siglo XXI.

Curiosamente, en esas visiones sí podemos imaginar un futuro con nudismo. Es por esto que los alienígenas a menudo van sin ninguna ropa por su platillo, y tienden a dejar los trajes para salidas de campo y camuflarse entre los humanos.


¿Por qué cubrirse, si tienen la astronave limpia y con la temperatura acondicionada?

La vestimenta, en nuestras fantasías del porvenir, es un atavismo que poco a poco va perdiendo su función en la sociedad hipertecnológica. Se convierte en un anacronismo, propio de lejanos tiempos en los que necesitábamos cubrirnos para: comportarnos civilizadamente; lidiar con una aceptación pobre de nuestro propio cuerpo como algo vergonzoso; e indicar el estatus.

Pero en una sociedad avanzada, esas muletas materiales no son necesarias. Consideremos los resorts naturistas, donde las familias pueden dejar a sus niños libres por el recinto sin peligro alguno. Estos lugares son evidencia de que los humanos domesticados somos capaces de respetar y cuidar a los demás, con ropa y sin ella. Los naturistas no son seres especiales; cualquiera puede serlo si quiere. Por tanto, su extraña habilidad de mostrarse corteses y ponderados hasta con sus genitales al aire forma parte del repertorio posible (y exigible en mi opinión) a toda la ciudadanía. Si alguien realmente necesita barreras físicas de tela para impedir que agreda, abuse o humille a otros, es que esa persona no está preparada para vivir en un entorno civilizado.

Respecto a la vergüenza del cuerpo, es posible que su origen radique en una mala integración de nuestro aspecto animal-orgánico y el divino-cultural. Llevamos varios milenios haciendo negación de nuestra propia realidad física, como herencia de aquellas ideas gnósticas y platónicas que hemos sacralizado según las cuales «el cuerpo es la cárcel del alma».

Negar nuestra base física equivale a reificar una función psicológica de nuestro cuerpo/mente, el ego; y separarnos de la propia vida del Cosmos. El resultado es deshumanizador y biocida a gran escala, como vemos en los hechos y en los planes de los transhumanistas dueños del mundo digital.

 

El transhumanismo apuesta por cambiar el cuerpo orgánico por elementos artificiales para conseguir la eternidad y poderes inmensos. 

Con la Ciencia actual, sólo podemos decir que cuerpo y espíritu son un mismo sistema integrado; a su vez subsistema de otros macrosistemas mayores. No existe esa dualidad y separatidad metafísicas que imaginaron santos y filósofos, sino una sola realidad multinivel e interconectada.

El nudismo, con su aceptación sencilla y digna de la biología humana y por tanto de sus limitaciones y mortalidad, es una afirmación de la vida frente a los que la sustituyen por paraísos descritos en pasajes literarios o promesas de vivir eternamente en computadoras como sumas de unos y ceros. Los naturistas no pretenden esa majadería de que «todos los cuerpos son igualmente bellos», como pregonan las feministas de tercera ola; sino que quien no es bello por fuera, puede que lo sea por dentro; pero no podemos separar su interior del aspecto orgánico que nos permite comunicarnos con él y es su fuente de vida. La realidad multinivel.

Respecto a los signos de estatus o filiación, parece que ya no necesitan tanto de la ropa. Si miramos al pasado, vemos que las diferencias sociales estaban mucho más expresadas en la indumentaria: en el siglo XVIII, sólo por la forma de vestir ya podías adivinar la clase social y hasta la profesión del personaje. Esto es debido a que determinados tejidos y tinturas eran muy caros. Ahora sin embargo, todo el mundo puede vestir de forma parecida, y las marcas tuvieron que inventar las etiquetas para que al menos nos diferenciemos por el logotipo.

Pero por mucho que destaque esa marca estampada sobre la ropa, el efecto de distinción se ha ido perdiendo por la producción masiva y estandarizada. La posición social se afirma por cosas cada vez más intangibles, y por eso Mark Zuckerberg puede ir con esa camiseta eternamente gris y no con una capa de armiño y una corona de oro.

La ropa que esperan vendernos en el futuro, según parece, tenderá a ser polivalente e inteligente: capaz de ajustarse a cambios de temperatura o humedad o modificar su color. Por tanto, puede que nuestro armario futuro no se vaya a ampliar sino a reducir drásticamente, con un repertorio de unas pocas prendas caras pero personalizadas y rentables por su duración y economía.

Ya en la novela «Los propios dioses» (Asimov, 1972), los colonos terrestres en la Luna ven la ropa como una inversión totalmente innecesaria en sus cavernas subterráneas de temperatura y humedad controladas. Mientras que los selenitas de Asimov piensan en términos de ahorro de los costosos materiales lunares, nosotros en cambio aún vivimos en la era de la anti-economía: consumir de la manera más entrópica posible la memoria de la Tierra acumulada en miles de millones de años. Pero el futuro es descubrir que somos una especialización celular del planeta azul, no Triki el insaciable monstruo de las galletas.

Por otra parte, – al menos en los países más civilizados- hemos ido recuperando en las últimas décadas la expresión a través del adorno directamente corporal: tatuajes, piercings, implantes, cabellos teñidos. Estos signos, que son los que usaban los pueblos paleolíticos de regiones cálidas para comunicar su individualidad y filiaciones, son obviamente más efectivos y expresivos en espacios donde se practica el nudismo. Los nudistas prescinden de la ropa pero no de la necesidad humana de comunicar quiénes somos, por lo que en estos enclaves se adelantan modas de maquillaje corporal. Los nudistas se «visten» de nudistas sin darse casi cuenta, y ayudan a difundir estos implementos derivados de  la redescubierta capacidad expresiva del cuerpo desnudo.

El propio acto de vestirse significa en el lenguaje simbólico el cambio de estatus y función. Por eso la separación definitiva del Hombre de los otros animales se expresó de esta manera en diferentes textos religiosos. Por ejemplo, en el libro de la Creación del zoroastrismo (esta religión persa es la que más influyó en la génesis del judaísmo y también hizo aportes al cristianismo) leemos en el cap. 15 como la pareja primigenia, Mashya y Mashyana, visten un traje de hierbas; después de aprender a cazar y hacer fuego, de piel animal; y más tarde aún de tejido hecho con fibras vegetales. Estos cambios de vestuario son reflejo en el texto de la relación entre la pareja primordial y su entorno.

Mashya y Mashyana, la pareja primigenia en el zoroastrismo.

En el libro del Génesis estas narraciones se encuentran resumidas y adaptadas. Pese a ello, se conserva el tema de cubrirse con pieles al salir del Jardín consagrado, significando el quebranto ritual del tabú de matar a los seres totémicos. El ser humano se sitúa así en un peldaño por encima de todos ellos y tiene que formar una comunidad aparte, pero sin separarse del todo: puesto que en la piel ahora portada viajan los poderes y espíritus de esos ancestros animales.

Ser vestido es por tanto ser in-vestido en un nuevo rol. El nuevo estado implica un mayor poder, pero sobre todo un nivel de consciencia mayor. En Génesis 3 viene significado con las hojas de higuera que, como en la historia persa, constituyen su primer atuendo. Las higueras (especialmente la Ficus Religiosa como el ejemplar bajo el que meditó Buda) son el árbol del Vida y del Conocimiento en Oriente, sinónimo en simbolismo con el árbol Hom persa y el Soma hindú.

Es penoso que estos significados sutiles y cultos -inescapables para un escriba del Creciente Fértil cuando se escribió el Génesis- desaparezcan por completo en las lecturas literalistas e ignorantes de estos pasajes: en las que se interpreta que Dios quiere que ocultemos nuestro cuerpo a los demás.

Pero desde el tiempo en que elaboramos esos mitos antropogónicos, el ser humano ha cambiado su forma de vida enormemente y también al resto del planeta. Las relaciones ecológicas que establecimos en el Neolítico para sobrevivir a cambios climáticos bruscos como el Dryas Reciente y la sobrepoblación local en lugares refugio como los deltas fluviales, están ahora en grave crisis. El modelo de ser humano ultra-territorial y ávido de crecer y multiplicarse, ya no sirve al último homínido vivo para permanecer, sino que al contrario nos está empujando a «morir de éxito».

En la película «Contact» de Robert Zemeckis, la doctora Arroway declara que, de poder hacer una sola pregunta a una especie alienígena, esa cuestión sería: «¿Cómo lo hicisteis?» Es decir, cómo lograron los aliens evitar la auto-destrucción. Si siguieron evolucionando, se deduce que supieron salvar el umbral que estamos cruzando nosotros precisamente ahora. Parece que para atravesarlo con éxito hay que dejar atrás ciertas creencias y actitudes, que nos impiden poner freno a nuestros desarrollos tecnológicos o a la pérdida de riqueza natural y cultural. En nuestras proyecciones alienígenas, un símbolo solapado pero recurrente de esa transición de supervivencia es la des-investidura, dejar la ropa en el armario y con ella los rasgos de nuestra civilización interglacial que ya no nos convienen.

Las historias de alienígenas nos dejan entrever que el futuro viable es naturista en espíritu: con una aceptación más directa y profunda de nuestros lazos con el resto de la vida y al mismo tiempo, un mayor dominio de nuestros instintos animales. El arquetipo del alien desnudo es imagen de la simbiosis armónica en el Homo Novus de estos dos niveles complementarios de existencia en el universo, la vida natural y la artificial.

El naturismo como movimiento cultural nació precisamente para intentar avanzar hacia esa nueva Alianza sagrada entre lo Bio y lo Tecno, y desprenderse de la ropa se descubrió como instrumento y consecuencia de este camino. La desnudez civilizada es a la vez pro-natural y pro-social, y por eso no nos sorprende que nuestros hermanos mayores del Cosmos la practiquen.