El Jardín Simbólico

Los muchos grandes jardines del mundo, de la literatura y la poesía, de la pintura y la música, de la religión y la arquitectura, todos señalan esta razón con suma claridad: que el alma no puede crecer en ausencia de un jardín. Si no deseas el paraíso, no eres humano; si no eres humano, no tienes un alma.” -Tomás Moro-

Todas las ciudades del mundo tienen jardines, como espacios no cubiertos consagrados al descanso y el recreo. La necesidad de estos lugares de naturaleza ordenada es tan antigua que aparece en los mitos de religiones pasadas y presentes, como el caso del Jardín de las Hespérides greco-romano o el Jardín en la tierra de Edén del libro del Génesis.

No se trata de simples terrenos cultivados para obtener flores o frutos; o de «zonas verdes» como denominamos los espacios más o menos ajardinados que las leyes obligan a incluir en los planeamiento urbanísticos. Los jardines simbólicos son estructuras que guardan y generan significado espiritual, cuya influencia va mucho más allá de sus contornos. Por eso prefiero llamarlos «jardines simbólicos» y no sagrados o mágicos; de esta forma quiero subrayar que su valor y diseño está en relación a su capacidad para simbolizar. Simbolizar es proporcionar signos en el mundo sensible capaces de conectarnos con determinados elementos del invisible mundo espiritual, o nivel metafísico.

En el diccionario de símbolos de J.A. Cirlot, leemos acerca del significado del Jardín:

«El Jardín es un lugar donde la naturaleza ha sido sometida, ordenada, seleccionada y cercada. Por tanto, es un símbolo de la consciencia en oposición al bosque, que es el subconsciente, en la misma forma en que la isla se opone al óceano. Al mismo tiempo, es un atributo femenino debido a su carácter como precinto.”
(…).»

En los mitos y leyendas los jardines adquieren con una función religiosa, mágica y espiritual. Tomando en cuenta los rasgos que más comparten estos relatos, he llegado a un modelo prototípico compuesto de los siguientes rasgos principales:

Separación del «mundanal ruido»: los jardines son elementos distintos a las ágoras o plazas públicas, mercados y puertos. Estos espacios son centros de actividad, abiertos y accesibles; nodos donde la vida externa o mundana de una ciudad se concentra. Por eso se sitúan estratégicamente, en el centro de la urbe o junto a las vías de transporte principales: son el escaparate y el motor de la vida social, la cultura y la economía de la sociedad urbana.
Los jardines sagrados por el contrario, son espacios distanciados del bullicio: o bien por su localización alejada del centro, o por su separación urbana por medio de una muralla. Constituyen un oasis, un reservado, que como el Templo en el que no caben mercaderes y gritos (Mateo 21, 12-17), requieren una actitud distinta a la que atrae a la muchedumbre al bulevar repleto de tiendas y curiosos.
Se puede decir que el Ágora es el marco consciente e inmediato de la psique de la Ciudad, mientras que el Jardín promueve la manifestación de su inconsciente colectivo. El primero está mirando al mundo humano y terrestre, mientras que el segundo nos reencuentra con el mundo natural y espiritual. Bajo otro punto de vista, es en el Jardín donde la consciencia está despierta y abierta a las realidades espirituales e íntimas; mientras que el Ágora es la vida apegada a lo material, que es el nivel más superficial y denso.
Así mismo cabe afirmar por tanto que el Jardín representa a la consciencia femenina de la urbe y el Ágora a la masculina; ambas se complementan y necesitan para formar el todo.

Protección perimetral: la palabra jardín viene del francés, que a su vez tiene su origen primero en el franco gard, «cercado.» Esta palabra es la misma que «gord», y que hace referencia a los antiguos poblados eslavos amurallados. La raíz reconstruída en proto-indoeuropeo es ghortos, recinto cerrado, de la cuál derivaría también el hortus romano que es nuestro huerto.

Otra palabra similar es paraíso. En la traducción griega de la biblia (la «Septuaginta») se usó para traducir el gan del original hebreo. Paradeisos, la voz griega, viene del persa y tiene en su raíz «pairi», alrededor, ya que en su origen iraní también hace alusión a un cercado.

Cercar o amurallar un huerto o jardín es una manera de separar un interior y un exterior, es decir: de-finir, de-limitar su identidad diferenciada. También contribuye esta pared a proteger este espacio de intrusos. Es decir, los jardines son lugares cuyo interior destacado necesita y merece ser defendido. Ejemplo paradigmático son los jardines de los monasterios y castillos medievales; sólo tras los gruesos muros de estas construcciones era posible crear espacios naturales de orden y reposo, debido a las invasiones y el bandidaje.
No se nos debe escapar su vinculación simbólica al laberinto, que también implica la protección de un centro valioso y la selección de quien es digno de alcanzarlo.

El turista accidental puede decirse: “pues vaya mierda de aparcamiento tiene el monasterio”, pero no, es un jardín zen. También hay jardines zen en miniatura, que son como las cajas donde caga el gato pero con un pequeño rastrillo y piedritas y puede que un bonsai.

Naturaleza: es propio de los jardines el contener elementos naturales; aunque puedan ser estos sólo de origen mineral y se prescinda de elementos biológicos, como es el caso de algunos jardines de rocas japoneses. Sin embargo, incluso en estos jardines desprovistos de vegetación la naturaleza está muy presente: en forma de rocas, arena, postes de bambú, y la interacción de estos con el viento, la lluvia, el sol o la luna.
En la mayoría de estos espacios abiertos sagrados, la manifestación de la vida terrestre y acuática, a menudo en formas especialmente amables y sensuales, define al jardín como un lugar de encuentro íntimo y directo con la verdadera fuente de la salud y el conocimiento. El jardín sagrado es por tanto un proceso vivo, que cambia con el tiempo, interacciona con la biosfera y requiere cuidados diarios.

Orden: un jardín nunca es un espacio dejado a la expresión libre de la naturaleza, sin embargo. Tampoco es una colección anárquica de valores artísticos y botánicos. Por contra, es siempre un espacio sometido a un diseño y limitado en sus expresiones; Incluso los hermosos parques de estilo inglés promovidos por el modelo paisajista, se basan en un estudio muy pensado y un cuidado deliberado de cada rincón.

El orden artificial impuesto a la parcela ajardinada afecta a las especies vivas que se permiten habitarlo, al tipo de cubiertas de su superficie, a los elementos constructivos que son introducidos, pero sobre todo a la disposición general, que como un enorme tapiz traza sobre el lugar una distribución particular con un sentido simbólico y funcional.

Consagración: Los jardines simbólicos son dedicados a una divinidad, héroe o directamente un valor abstracto; como los «Jardines de María» que existen en el ámbito católico y anglicano, y que a veces son familiares.

A veces la consagración está implícita por la ubicación del jardín en tierra sagrada. Así por ejemplo la Academia de Platón, se levantó en los jardines del héroe Academos en las afueras de Atenas; a su vez situado en un olivar consagrado a Atenea, y lugar de culto de otros dioses.

Y es que los templos de culto se erigen para preservar la función espiritual que antaño cumplían enclaves más naturales. Esto determina que en estas edificaciones se intente conservar de forma simbólica el valor natural que valida a un rincón del mundo como lugar propicio para el aprovisionamiento espiritual. Las sucesivas religiones eliminan el poder anterior pero no se sustraen a esta devoción por enclaves santos; que a menudo tienen su origen en un bosque o huerto sagrado, o un acuífero de fama salutífera y su entorno.

Así por ejemplo, en la Mezquita-Catedral de Córdoba, las columnas que se erigieron sobre el anterior espacio cristiano forman un «arbolado» de piedra, que llega a cubrir el techo como las copas de los árboles crean bóvedas naturales. . Las columnas y su diseño cumplen funciones sustitutivas; haciendo de los recintos de adoración jardines de piedra. Es una tendencia análoga a la que hace brotar admirables manantiales artificiales en plazas y parques, y erige oscuras y majestuosas cavernas del Inframundo donde mirar a Dios o compartir el arte escénico y musical.

Los jardines simbólicos procuran experiencias semejantes a estas construcciones, pero sin perder una conexión viva con la biosfera. Confiando su protección a la verja, muro o cerramiento natural o urbano que los circunda, se abren al cielo y a la tierra y permiten que la vida palpitante les transmita su energía y belleza.

Cada porción de materia puede concebirse como un jardín lleno de plantas, o como un estanque repleto de peces. Pero incluso cada rama de una planta, cada órgano de un animal, cada gota de sus fluidos corporales es así mismo también un similar jardín o estanque.” . Gottfried Leibniz La Monadologie, 1714

Los jardines simbólicos conectan pasado y futuro, y microcosmos y macrocosmos. Son un organismo propio, con su propia gestión y características diferenciadas de su entorno, y al tiempo constituyen una parte importante del alma de un sistema urbano. Las ciudades anteriores a la industrialización y explosión demográfica estaban rodeadas de verde; de campos cultivados, ríos, bosques y montañas que captaban el agua de la lluvia. La ciudad estaba en el medio natural y se podían alcanzar a pie zonas de arbolado; ahora es a la inversa, la mayor parte de la Humanidad vive en entornos en los que el medio natural se haya muy cercado por el hormigón y el asfalto en los oasis de jardines y parques. Por eso los ciudadanos de una gran urbe acuden a los parques deseando olvidar incluso que no han salido de la ciudad.

Cuanto más raro y distinguido del entorno hostil, más singular y cuidado debe ser el espacio verde; y más sagrado se torna para la comunidad.
Esto entronca con los paraísos persas, los jardines sagrados mesopotámicos o los hermosos recintos de templos egipcios; ya que en aquellas sociedades los jardines y huertos asociados a las ciudades, también eran oasis rodeados por inmensos territorios inhóspitos castigados por el sol e infestados de alimañas y bárbaros dedicados al bandidaje.

Se puede afirmar de hecho, que las primeras ciudades surgieron como jardines o cercados que garantizaban el orden y la prosperidad humana, animal y vegetal respecto a los peligrosos desiertos, montañas y pantanos, cuna de todos los demonios que aparecen representados en las religiones. Esta apreciación de la ciudad como paraíso protector de la cultura humana y la vida que genera, es reflejada en la epopeya mesopotámica de Gilgamesh, el libro más antiguo conservado. Gilgamesh, al regresar a su ciudad, dice al barquero: «Urshanabi, trepa sobre la muralla de Uruk, inspecciona su plataforma fundacional, y examina bien todo el enladrillado; fíjate si no es de ladrillo cocido, y ¿no fueron los siete sabios los que dispusieron sus cimientos? Una tercera parte del total es ciudad, otra tercera jardín, y otro tercio es campo de labranza, con el precinto de la diosa Ishtar. Estas cosas y su precinto son todo Uruk.»

Recreación artística de la Uruk sumeria. Muestra una disposición eficiente y dirigida a su mejor defensa, que es muy común en poblados y ciudades de muchas culturas desde la Prehistoria hasta la Edad Moderna; el jeroglífico egipcio que significa “ciudad”, una equis inscrita en un círculo, o el similar ideograma en chino antiguo para indicar “villa”, se basan en este desarrollo orgánico y celular al que recurrieron las primeras urbes; también es la plantilla para la ciudad mítica de la Atlántida platónica.


Gilgamesh expresa su orgullo por la ciudad de la que es rey, y los valores que separa su recinto amurallado. Éste es su consuelo tras fracasar en su intento de traer la planta de la Vida Eterna para resucitar a su amigo: la realidad de este oasis en el que se encuentran los dioses, o tutores del mundo secundario metafísico; los hombres que, como Enkidu, dejaron de ser salvajes; y los animales y plantas cuya domesticación les otorga el privilegio de vivir intramuros y seguir siendo parte de la familia humana.
En la narración bíblica, encontramos la inversión de esta valoración; los relatos bíblicos condenan la Ciudad y ensalzan los espacios ocupados por tribus nómadas. Sin embargo, este discurso debió tener como función atraer e integrar a las tribus bárbaras y cohortes de desplazados que terminaron en Judá en la Edad de Hierro. En estos mitos pastoriles Abel es el bueno y Caín, agricultor y fundador de la primera ciudad, el malo; Babel o Nínive son corruptas, mientras que Yahweh habla a un pueblo que acampa en el desierto.

Esta metanarrativa (como ocurre hoy en día con los relatos multiculturalistas y anti-occidentales que se diseñan desde universidades que son producto del refinamiento de la civilización occidental y urbanita), esconde una contradicción: ya que la propia Biblia fue redactada y escrita por una élite urbanita, y su difusión fomentada desde la Babilón Persa y desde la Jerusalén que aspira a ser gran ciudad y destruye los altares tradicionales extramuros (en los altozanos). La Biblia es producto de la alfabetización, la mezcla de influencias culturales y la dedicación intelectual; es decir, de la Ciudad, que tenía al Jardín como un paraíso donde descansar del bullicio y una representación simbólica del dominio divino a través del ser humano y su capacidad de imponer y mantener un sistema ordenado, «civilizado» (de civitas, ciudad) en la naturaleza.

La esencia más básica y sustancial del Jardín Simbólico, mágico o sagrado es por tanto: la de una identidad valiosa expresada en un orden interno y preservada por una función protectora y selectiva respecto al mundo exterior. La contribución del Jardín al todo al que pertenece depende precisamente de su separación de él; y la conservación de sus valores a su vez es deudora de su capacidad para servir de refugio e inspiración a su macrocosmos.

Y es que el patrón que produce un Jardín Simbólico es una estructura que existe por doquier en la Naturaleza. Un organismo unicelular es un Jardín simbólico; en su interior reina un orden dinámico, que manifiesta una identidad diferenciada del entorno. La célula tiene una membrana protectora y filtradora, que capta el alimento y expulsa la basura; y mantiene una relación o diálogo con su entorno que le permite preservar su singularidad y al entorno organizarse como macrosistema. El origen de las células parece estar en los coacervados de fosfolípidos que se forman espontáneamente en ciertas condiciones naturales; la membrana lipídica crea un «jardín» interior en el que se van acumulando ciertas moléculas filtradas por la membrana, que pueden entonces interaccionar en este micro-ambiente y acumular memoria. Aunque los coacervados no están vivos, son el tipo de espacio en el que las moléculas auto-replicantes como el RNA podrían poner en marcha la vida como la conocemos.

Los coacervados son estructuras macromoleculares espontáneas y no están vivos; sin embargo, crean espacios diferenciados o “jardines” en cuyo interior donde se producen mecanismos de acumulación de memoria química, esencial para la constitución de vida.

También un sistema estelar como el del Sol es como un Jardín, ya que dentro de él los planetas y la estrella armonizan su danza y posición por efecto de la gravedad mutua. El sistema solar tiene su propio sistema protector, que cuenta con una heliosfera que filtra una parte importante de la radiación cósmica; o los Júpiter y Saturno, que fagocitan muchos intrusos peligrosos que de otra manera caerían sobre el rango de planetas y satélites sólidos y propicios para la vida (de los cuáles el nuestro es el máximo exponente conocido). Dentro de este «Jardín del Sol» ha podido acumularse memoria en forma de creciente complejidad y diversidad mineral y geológica, especialmente en la Tierra como consecuencia de la emergencia de la Vida.

Una población de pingüinos apiñada para sobrevivir al peligroso invierno antártico; una albufera con sus aves acuáticas y sobreabundancia de peces; un útero materno; o incluso un grupo de viejos amigos, son también ejemplos válidos de la vibración o estructura elemental que subyace al jardín simbólico.

Los estanques en los jardines, por su condición de jardines sumergidos y las cualidades especulares de su superficie, constituyen un nivel añadido de introspección y profundidad en relación a la manifestación del Subconsciente

Esta vibración irradiada por los jardines simbólicos es muy conveniente para el practicante de la Magia. El camino del Mago requiere momentos y lugares en los que recargar nuestra energía, y aislar nuestra alma y nuestro cuerpo de las estridencias de este mundo. Esto es especialmente cierto si vivimos en una gran ciudad, en un área pobre o marginal, o nuestra existencia está sometida a un especial estrés: como cuando caemos enfermos o las facturas se acumulan.

Conviene por tanto aprovechar la energía de los jardines simbólicos, recordando que lo que manipulamos «fuera» también lo hacemos «dentro»: nuestra acción en el mundo físico donde plantamos mandrágora o disponemos un pequeño estanque, es a la vez una intervención ritual y mágica en el universo como dimensión simbólica. El mundo que experimentamos con los sentidos no es el real, sino su representación en nuestra mente; esa recreación está condicionada tanto por el tipo de información que recogen nuestros órganos sensoriales, como por los contenidos psíquicos en nuestra mente y la forma en que nos relacionamos con el mundo en ese momento. Así, nuestras experiencias físicas son en realidad una interfaz que comunica nuestro macrocosmos ambiental y nuestro microcosmos corporal y espiritual. Lo que ocurre fuera, también ocurre dentro, y viceversa. Piensa en esto con detenimiento: cuando bebes una taza de café, también bebes otra taza equivalente que existe en tu mundo mental; cuando penetras en un sendero en el bosque, a la vez te estás adentrando en un lugar inexplorado u olvidado de tu psique.

Debido a esto, los «iconos» que movemos a nuestro alrededor cuando practicamos la jardinería, también construyen y ornamentan un jardín o espacio sagrado interno en el que nuestra psique puede reencontrarse y regenerar su energía vital.