Supremacismo

Hablamos en esta entrada del Supremacismo, la ideología que subyace a la mayor parte de las orientaciones sociopolíticas del siglo XXI.

“Los cabecicubos”: una joya de Jan de 1983, en su gran serie de Superlópez. Inquieta que tenga más vigencia ahora que hace 35 años…

Primero definiré “egocentrismo”, ya que he tenido que inventar una acepción nueva de esta palabra para ayudarme en la comunicación. En este artículo y los que pueda escribir futuros, Egocentrismo significa: tendencia de un sistema a priorizar sus propios intereses y necesidades sobre los de otros sistemas en su actividad. En esta concepción, «ego» significa un nodo de información en torno al cual se construye identidad.

No hablamos por tanto de su significado en Psicología, sino  a la propiedad inherente a todos los sistemas en cuanto estructuras que funcionan en favor de la preservación y realización de su identidad: un microbio, una tortuga, una empresa, un río. (Pido disculpas a los expertos en sistemas si resulta que ya tenían un término para esto).

Mientras que el Egocentrismo es un rasgo fundamental de los mecanismos de generación de complejidad y memoria del universo (siendo lo que llamamos «Vida» el aspecto más comprensible y cercano para nosotros de este proceso cósmico), el Supremacismo es algo diferente. Las hormigas miran por las hormigas; los limoneros miran por los limoneros; los humanos miran por los humanos. Esto son tendencias “egocentristas”. Sin embargo, el supremacismo construye sobre estos instintos un relato en el que un ego (colectivo) sólo puede afirmarse y sobrevivir desposeyendo de espacio y recursos primero, y eliminando después, a sus competidores. Esta conducta irracional y destructiva es justificada, en la retórica supremacista, en torno a la intuitiva, pero falsa, idea metafísica según la cual la Realidad está compuesta de elementos separables entre sí y jerarquizados en relación a grados de valor. El ego colectivo de referencia sería el depositario legítimo del máximo valor, y las alternativas son amenazas a ese valor en razón de su mera existencia. El supremacismo por tanto, explota la energía de impulsos vitales naturales y sanos, para nutrir una ideología desconectada de la realidad y disfuncional.

Hay que dejar claro primero que las tendencias egocentristas en la dimensión social del ser humano, no son «buenas» o «malas»; sino una mera evolución de la traducción de los instintos de supervivencia primates al Homo Sapiens, superviviente último de un experimento de la Naturaleza basado en confiar el desarrollo de muchos diseños del individuo en la Cultura.

En su aspecto moderado ayudan a que vivamos y convivamos; en su modo de emergencia o extremo, permiten a las personas  comportarse como miembros de una tribu prehistórica: sin abstracciones burguesas (1), sin Ley, sólo con protocolos de comportamiento basados en arquetipos míticos y señas de identidad a la vista para diferenciar al in-group y el out-group.

(1) Burguesas en el sentido de «urbanas», como en la palabra burgo.

Y es que como otras especies de la familia hominidae -muy notablemente los chimpancés, nuestros parientes más cercanos- desarrollamos una forma de relación social basada en la creación de clanes o tribus, que defienden un área de recursos de otros grupos de la misma especie. Llegado el momento de cazar, enfrentarnos a otro grupo, o afrontar un grave peligro inminente, la adrenalina activa nuestros recursos orgánicos, la oxitocina se libera para sentirnos más unidos al grupo y la dopamina nos prepara para la respuesta «huir o atacar.» Se dan alaridos y chillidos (himnos en el caso humano) para sincronizar nuestros movimientos y emociones y… por Esparta. Este rasgo territorial y pro-social se resuelve a veces en el caso chimpancé en despiadadas guerras o luchas intestinas por el poder, en las que se llega al canibalismo más salvaje.

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Acostumbrados a los simios domados como la famosa Chita de Tarzán, descubrir que la especie viva más cercana a nosotros eran lo peor cuando se les dejaba a su aire, fue un gran shock cultural. La izquierda, a menudo basada en el buenismo de Rousseau (2), simplemente no pudo aceptarlo, y trasladó su idea del buen salvaje a la orilla opuesta del río Congo, a los bonobos. Los bonobos sí que eran buenos, se empezó a decir; ellos son hippies, y adalides de hacer el amor y no la guerra. Obviamente era un mito; aunque sí es cierto que esta especie usa el sexo para establecer alianzas y jerarquías y resolver conflictos sin llegar al derramamiento de sangre; como ocurre a veces entre los reclusos de las prisiones.

(2) J. J. Rousseau fue un filósofo francés. Su obra más influyente es «El Emilio», en el que dio directrices sobre cómo educar a los niños. Rousseau tuvo cinco hijos, que mandó dejar en el orfanato de París según fueron naciendo, quizá para que no le molestaran con sus lloriqueos mientras escribía sobre Educación.

Los humanos de las sociedades avanzadas, debido al proceso de auto-domesticación intensiva que llamamos Civilización, somos incomparablemente menos violentos que chimpancés o bonobos.

Civilización y Ciudad vienen del latín Civitas, y es la forma en que se denomina a un tipo particular de organización social y cultural ajustadas a las demandas del medio ambiente urbano. Para Cicerón la esencia de esta civitas era concilium coetusque hominum jure sociati, es decir una vinculación, un compromiso entre los hombres de vivir bajo una misma ley: así son civis, ciudadanos, que aceptan ciertas responsabilidades y a cambio disfrutan de ciertos derechos.

La vida en las ciudades implica: un enorme hacinamiento, la convivencia estrecha con gentes diversas que viven o visitan la ciudad, y una dependencia mayor del resto de la comunidad. Ya en el Bronce, los que la Biblia llama «Hijos de Caín», es decir los habitantes de las primeras ciudades, tuvieron que desarrollar progresivamente estas herramientas abstractas como la Ley, el Estado, el Henoteísmo (se admiten tantos dioses como etnias y oficios convivan intramuros, pero un Dios que pone orden en todos ellos representado de forma vicaria en el rey) o el Dinero, vil metal, para que el experimento urbano funcionara.

    Babilonia, Babel, es el símbolo de la Ciudad por antonomasia. Irónicamente, los versos más insultantes hacia esta grandiosa urbe fueron escritos por personas que vivieron libres y prosperaron en ella. Y es que el relato separatista judío en su fase post-exiliar se escribió intentando arrebatar, literariamente, algo de la apabullante gloria de esta urbe cosmopolita; y prestarlo a una tal Salem encaramada en un cerro. A cambio había que demonizar un poco a la capital del mundo, cosa que debió ser del agrado del pueblo llano de Judá, compuesto en tiempos persas por paletos e inmigrantes desarraigados. Un poco como hacen los separatistas catalanes cuando atribuyen a su región la gran historia y cultura de la Corona de Aragón en sus libros de texto, y convierten a sus caudillos provincianos en reyes. Los nobles y sacerdotes judíos lo hicieron antes y lo hicieron mejor.

Las tribus migrantes y pastoriles, la descendencia de Abel, no necesitaban esos constructos burgueses ni comprendían bien a qué venía todo aquello. Todo lo que tuviera más de tres plantas les parecía un desafío a sus dioses étnicos, que solían vivir en montañas. A menudo se organizaban para invadir y saquear esas prósperas ciudades de estas gentes afeminadas; por eso hubo que formar un sector de la población urbana especializado en la defensa y el orden: La guardia de la ciudad, que hoy llamaríamos policía. Y el ejército después.

Aunque parezca paradójico, el que existiera una clase de personas especializada en la defensa de la propiedad y la ley en las ciudades -es decir un gremio con el monopolio (legítimo) de la violencia-, propició que los primeros urbanitas se tornaran aún más pacíficos y racionales. Ya no tenían que llevar una navaja por la calle, o vengar crímenes de honor; sólo silbar y llamar a un guardia. Las propias fuerzas del orden, debido a la disciplina y la sumisión a la ley, sirvieron como vía de domesticación de bárbaros varones (bárbaros eran los extranjeros, como los temibles celtas o los germanos; los griegos los llamaban así porque no hablaban koiné ni Latín ni inglés comercial, sino sólo el dialecto de su lejana comunidad autónoma).

Curiosamente, mientras que las sociedades tribales y bárbaras son más sanguinarias y hacen cosas como tener esclavos o cambiar niñas que ya tienen la regla por camellos, somos las civilizadas las que representamos un peligro mayor para el planeta. Pero hay que entender que esto es debido especialmente al factor tecnológico (es decir nuestro conocimiento colectivo sobre cómo manipular el medio), el cual multiplica, exponencialmente, nuestro impacto potencial. Sin embargo, la naturaleza de los ciudadanos es hoy en día mansa y hasta dócil, tanto como lo es la de nuestros gatos y perros respecto a sus congéneres salvajes. Prueba de ello es el increíble hecho de que aún no haya habido aún una guerra atómica global… Imagine el lector a Sulimán el Grande o a Gengis Khan, con un maletín nuclear. Trump o Putin, con todos sus defectos, son seres mucho más razonables y conscientes que los caudillos de épocas en las que la Civilización era incipiente o había sido debilitada.

Bien, pues incluso los humanos que han sufrido una domesticación de milenios para vivir en ciudades, conservamos estos rasgos  ancestrales por sus ventajas evolutivas en la lucha por los recursos y la supervivencia; en una guerra, una hambruna o una moción de censura en el Congreso, sólo sobreviven los que son capaces de regresar a las conductas afiliativas y agonísticas propias de las manadas de chimpancés. Los seres humanos seguimos pudiendo funcionar de acuerdo a nuestros verdaderos instintos primarios cuando la realidad se torna crítica y se nos reduce a un in-group y un out-group, es decir humanos a los que proteger y humanos a los que combatir.

Al ser una estrategia muy antigua y profundamente asentada en nuestra biología, viene asociada a sensaciones naturalmente agradables de control, sentido y propósito, que ensordecen la alarma «¡pero todo esto es irracional!» producida por nuestro concurrido encéfalo, casi un recién llegado evolutivamente.

Hablando de seso, el de un chimpancé consume en proporción casi la mitad de los recursos de glucosa que el nuestro; esto es debido a todas esas cosas que pensamos y decimos antes de hacer las cosas. Por eso cuando pasamos hambre o miedo; o el cerebro gasta demasiada glucosa en intentar dar sentido a nuestro mundo complejo, el planeta de los simios empieza a llamar a la puerta del sistema límbico.

Este conjunto de prejuicios y sesgos cognitivos favorables a nuestro yo colectivo particular, puede ser adaptativo si está bajo control. Esto sucede cuando somos capaces de aceptarlo plena y serenamente como parte de nuestra naturaleza: entonces herramientas evolutivas como el Humor (especialmente el humor étnico, sexista, familiar y el humor negro), la Violencia Simbólica o ritual (como el deporte o los gestos que hacen los conductores cuando bajan la ventanilla) y los desahogos vicarios de la Imaginación (visionar Juego de Tronos, jugar a Fortnite…) permiten dar salida a estos instintos simiescos de forma inofensiva y pro-social, además de con una sana mirada burlona hacia nuestro propio lado salvaje.

El problema viene cuando una serie de circunstancias crea la masa crítica para el nacimiento de una Ideología Supremacista, es decir un credo apoyado en nuestros instintos atávicos y basado en que la superioridad, que puede ser real o ficticia (moral, intelectual, física, económica…) de un grupo social legitima la subyugación, o incluso la eliminación dramática o gradual, de los demás grupos.

No es la diferencia efectiva, sino la separatidad imaginada, el centro ideológico del Supremacismo

Obsérvese  que no son los instintos naturales, ni el hecho de que un grupo social sea mejor que otro en ciertas competencias, el problema. No hay que culpar por tanto a la naturaleza, ni tampoco al fruto del esfuerzo personal o social por des-igualarse de los demás desarrollando ciertas potencialidades. El verdadero quid del Supremacismo es la creencia  de que los supuestos rasgos definitorios de un grupo, más o menos alineados con la realidad objetiva, son evidencia de una separación esencial subyacente.

A ver si sé expresar este punto de manera más sencilla; porque es verdaderamente crucial. Pongamos que hablamos de la novela más leída de la Historia. En ella aprendemos que Don Quijote era más culto, sabio, inteligente, valiente, educado y altruista que Sancho Panza. Don Quijote lo sabía y Sancho lo sabía. Pero ni el viejo hidalgo tenía ideas “clasistas” respecto a su escudero, ni Sancho albergaba envidias “comunistas” hacia su señor. La clara asimetría en dignidad era cómicamente evidente, pero en ningún momento se le ocurre al lector que pueda llevar a que uno maltrate, o cosas peores, a su compañero. La razón es que Cervantes es capaz de mostrar que ambos personajes son elementos de un único sistema, capaz de hacer cosas que no pueden por separado, gracias a lo que aporta cada uno al otro. A su vez, este “bromance” sistémico forma parte de un mundo que es cambiado y cambia a los protagonistas. La evolución de la psique de Quijote y Sancho, tan anticipatoria de la novela moderna, es mera consecuencia de la interactividad de un universo donde la “separatidad”  es siempre relativa, coyuntural, aparente. Cervantes subraya esto, no sé si conscientemente o no, por medio de una serie de inversiones de roles a lo largo de la trama.

El secreto es que la Realidad está hecha de relaciones. Si quitamos esos vínculos que forman todo, no queda Nada. Los Supremacismos no saben esto: creen en un universo de entes esencialmente separables, que luchan entre sí hasta que sólo quede uno.

Cuando se nos predica que el mundo será un remanso de paz el día que todos seamos iguales o consigamos extirpar de nosotros todo lo que viene por naturaleza, se nos está hablando desde DENTRO de un Discurso Supremacista, es decir dando por buenas las creencias irracionales, profundamente anti-científicas, del mundo de seres separados y enfrentados en una guerra a muerte.  El músico John Lennon escribió “Imagine” desde esta cosmovisión supremacista y totalitaria, aunque él mismo no lo supiera; por eso imaginaba un mundo el que toda la diversidad social y cultural había sido reducida a una comunidad global,  poblada de humanos con vidas que, si lo piensas bien, están carentes de sentido y trascendencia: “living for today”, “nothing to kill or die for”. El aspecto totalitario es implícito en el nivel de violencia física y estructural necesaria para homogeneizar el mundo de esta manera. Si yo fuese comunista, propondría cambiar “la Internacional” por “Imagine”, y doy por hecho que los Illuminatis esos que quieren imponer el Nuevo Orden Mundial la cantan después de sus reuniones secretas.



El Supremacismo es cosa de gente civilizada, que ha dejado atrás la cultura tribal

La gente se pregunta cómo pudo ser que la Alemania más culta y refinada de su Historia terminara hechizada por el nacionalismo socialista; o que la China de milenarios saberes permitiera que un psicópata estúpido como Mao la sojuzgara. Pero es que…Fue por eso mismo…

Fanta and the Nazis - Enemy in the MirrorEnemy in the Mirror

Coca-Cola creó Fanta para que los nazis tuvieran su refresco. Lo anunciaba Hitler, que no bebía alcohol. A mí no me gusta porque lleva mucho azúcar; de niño sí, pero pedía de limón porque ya era yo contracorriente y tocacojones

Las Ideologías Supremacistas no son requeridas en las sociedades menos desarrolladas. En estas poblaciones, herramientas abstractas como la Ley, el Derecho, la Ética no juegan ningún papel, y la conducta social está regulada por normas morales muy concretas como los tabúes, la influencia personal de algunos cabecillas o explicaciones míticas esencialistas.

Lo que ocurre en realidad en estos sistemas sociales (que es a los que vuelven las personas que viven en cinturones de chabolas, no-go areas o en zonas de conflicto) es que la compleja estructura de división del trabajo que genera la sociedad civilizada ha desaparecido; por tanto esos roles son reasumidos por nuevas versiones de la Tribu y el Clan.

Las doctrinas supremacistas vienen al “rescate” de una mayoría de ciudadanos racionales y éticos

Somos precisamente los humanos civilizados los que necesitamos décadas de filosofía bananera, manipulación mediática y libros de texto super-imaginativos para implicarnos en matanzas y persecuciones; al individuo tipo de las sociedades que viven todavía en la barbarie (3) o han vuelto a ella, le basta sólo un machete y sus emociones a flor de piel para implicarse en un genocidio.

(3) La barbarie es el estado de una sociedad que exhibe rasgos de las sociedades civilizadas y de las tribales. Es frecuente que el aspecto civilizado se muestre especialmente en los aspectos tecnológicos, por ser ésta la parte de la cultura más fácil de transmitir. Por contra, esos elementos inmateriales que una sociedad considera “evidentes en sí mismos” o incluso permanecen inconscientes, como ciertos valores y creencias sobre el cosmos natural y social son mucho más resistentes al cambio. De esta forma, la interacción secular o forzada por la inmigración de poblaciones tribales con sociedades civilizadas da a lugar a estas formas paradójicas: En ellas se encuentran en un mismo espacio ambiciones materiales urbanitas como un smartphone último modelo, con normas familiares o concepciones de los roles sexuales de lejanos tiempos y ambientes geográficos. 

El Supremacismo es, para resumir, una ideología civilizada e ilustrada (aunque irracional y patológica) que se apoya energéticamente en nuestros instintos primarios subyacentes y nuestra biología, y usa las interacciones sociales para convertir a muchos individuos razonables en una sola Masa descerebrada. ¿Pero cómo se desarrolla? ¿qué factores promueven su aparición?

El Supremacismo es un ser «vivo»

En primer lugar, hay que aclarar que los movimientos supremacistas son un tipo de «animal» que habita la nube cultural, o realidad secundaria psicosocial que generamos los seres humanos al interaccionar entre nosotros de manera significativa y sistemática. En este nivel de información aparece una fauna invisible que nace, crece, se reproduce y muere; desde la relación romántica de una pareja o el espíritu de un equipo de baloncesto escolar, hasta esos seres de poder inmenso como los que produce una corporación transnacional o una «gran» religión.

Estas «sombras» de los sistemas sociales, si bien no son autoconscientes, sí muestran un comportamiento inteligente y dirigido a la autopreservación. Es un tema que merece un artículo, o varios, para explicarlo someramente. Quedémonos ahora tan sólo con la idea de que los supremacismos son entidades complejas y reales (en un nivel secundario) hasta el punto de tener su propia agenda, independiente de la de los propios humanos que parasita.

El Discurso como lenguaje y programa que comunica a los individuos con el sistema supremacista

Los supremacismos disponen de un Discurso propio. «El Discurso» describe la realidad para los miembros de ese colectivo o institución en cuestión. Es el conjunto de significados que permiten definir y editar los sistemas simbólicos que estructuran la interacción de los miembros del agregado social.

Importante: El Discurso no trata de informar a los miembros del mundo real, sino de codificar simbólicamente las relaciones que el sistema y sus actores humanos tienen con ese mundo real.

Por ejemplo: la idea de una «vida después de la muerte» es una herramienta usada con éxito para que los seguidores de un grupo religioso realicen sacrificios para esa comunidad que podrían no hacer si los ponderaran sólo con su propia vida. La creencia en una existencia eterna para todos los que sobrelleven la de aquí con decencia, ayudó mucho a la sociedad del Antiguo Egipto (especialmente del Imperio Nuevo en adelante) a mantener la cohesión social y a promover visiones éticas, o ecológicas, de la existencia.

Otros sistemas suprapersonales incorporaron con éxito este constructo de la «vida eterna para todos» (y no sólo para los dioses y faraones), sobre todo por el poder cohesivo de la sociedad que proporciona, más allá de la propia simetría de justicia en torno al eje de la muerte que hace imaginar en el alma de las personas. Vemos así cómo estos esquemas simbólicos no tratan de reflejar o definir la realidad, sino gestionar el funcionamiento sistémico de los elementos sociales de modo que tengan una relación favorable (sobrevivir en las mejores condiciones) con la realidad.

En definitiva, los elementos de un Discurso no se seleccionan por su capacidad representativa de la Realidad fenoménica sino por su funcionalidad en la relación con ésta; como dicen en inglés, whatever works.

Sin embargo, ese conjunto de roles e interacciones simbólicas que intenta modular el Discurso sí constituye para los seguidores «la Realidad» y no un mero juego dramático. Para los fieles supremacistas, el escenario que permite representar el Discurso no es un «como sí», sino «la realidad verdadera.» Esto quiere decir que el Discurso  es incorporado e integrado a la red de mapas de la mente de una persona. ¿A qué llamo «mapas»?

Los mapas son las guías que cada persona lleva para conducirse por el mundo, ya que el mundo como tal no lo podemos ver. Ya que la realidad en sí no es accesible a los sentidos, nos servimos de estos mapas que hacemos y ayudamos a otros a elaborar mientras nos movemos a ciegas en este universo extraño.

La realidad vivida es por tanto la realidad representada en nuestra mente. No existe “la pastilla roja”, ya que no podemos salir de los mundos virtuales que nos sirven de interfaces de comunicación con la Realidad primaria e incognoscible, o mejor dicho con sus manifestaciones.

Por ejemplo, es patente que sabemos manejarnos en un mundo tridimensional pese a que no podemos ver en tres dimensiones. Ver en 3D realmente implicaría observar un objeto desde todos los ángulos posibles simultáneamente; delante, detrás, desde arriba y desde abajo, y los posibles ángulos interiores. Esta perspectiva requiere ser una entidad de la quinta dimensión, como los personajes que ponían la cabeza loca a Richard Gere en Las profecías del Hombre Polilla (2002). Nosotros tenemos en lugar de esto un humilde apaño, consistente en representar los objetos en nuestro cerebro codificados en relación a su profundidad estimada. A veces los científicos llaman a esta visión «2½D» siendo D la palabra «Depth», profundidad. El juego de sombras y luces, junto a nuestras experiencias pasadas, nos permiten predecir qué está delante o detrás o la forma tridimensional probable. La sensación de que realmente vemos y sentimos lo que hay a nuestro alrededor y en “tiempo real”, es un fascinante logro del sistema perceptivo animal.

En este famoso ejemplo, las casillas A y B tienen EXACTAMENTE el mismo tono de gris. Imprime la imagen y recórtalas si quieres para comprobarlo. Las ilusiones ópticas se basan en el descubrimiento de los trucos que usa la mente para construir la Matrix natural, la cual  nos sirve de interfaz para comunicarnos con el mundo físico invisible para nosotros.

Aunque no podemos experimentar la vida «fuera del mapa», es decir fuera de nuestras representaciones internas, sí podemos usar varios mapas, y descartar los que parezca que no llevan a ningún lado. Todos esos mapas o representaciones son editados continuamente cuando realizamos acciones comunicativas, que son Todas nuestras acciones por definición; y cada persona intenta integrar todos los mapas en una cartografía personal, o universo. Por esto es que dicen que cada persona es un mundo.

Las estructuras suprapersonales compiten por conquistar esos mundos, parasitar una parte de los recursos del alma de las personas para poder seguir existiendo, crecer y hasta reproducirse. Dependen para ello de su capacidad para inocular su programa de imágenes simbólicas, o Discurso, en nuestras mentes y “hackear” nuestra realidad virtual. El Supremacismo es por tanto uno de estos discursos programadores.

Caricaturizando el propio grupo y los demás

En un marco supremacista, el in-group es definido como superior a otros grupos, creando una asimetría de valor que satisface a nuestra necesidad interna de coherencia lógica. Esto se consigue sobrevalorando rasgos positivos de nuestro grupo e ignorando los negativos, algo que se aprecia muy bien en una campaña electoral. Otras veces nos «apropiamos» de los valores positivos que apreciamos en el enemigo y transfiriéndole nuestras propias debilidades. Así por ejemplo, la retórica del grupo terrorista Hamás en Gaza conlleva la atribución de pulsiones imperialistas al diminuto estado de Israel, y la identificación de los palestinos árabes, -la gran mayoría descendientes de inmigrantes en la primera mitad del siglo XX de distintas regiones de Oriente Medio- como un pueblo ancestral y acosado. Se trata en ese caso de una inversión perceptiva. La clave en fin, es obviar lo mucho que se tiene en común con los otros, y glorificar las diferencias hasta convertirlas en un estereotipo.

Nótese -y esto es importante- cómo esta separación implica, necesariamente, un grado mayor o menor de homogeneización tanto del in-group como del out-group.

Existe un modelo uniformizado, «caricaturesco» de lo que significa pertenecer a los tuyos o los de enfrente, que identificamos y procuramos exhibir a los demás.

El supremacismo comienza siempre  por denunciar y perseguir el humor y las caricaturas; pero ¿cómo no reírse de lo que se esfuerza tanto por ser gracioso y esperpéntico en su propia propaganda? Not fair!

Verbigracia: Pensemos en cómo los representantes andaluces, lejos de trabajar su dicción como hacemos los murcianos que encontramos empleo fuera del terruño, se esfuerzan en cambio por hablar como si estuvieran en un bar de Triana hasta cuando tienen turno de palabra en el Congreso. El sueño de un político andaluz es llegar un día a hablar con tanto acento que necesite traductor, como los indepes catalanes, que parecen recibir más dinero cuanto más velarizan la ele. O considere el lector cómo las artistas «afroamericanas» se ponen pañuelos de colores en la cabeza, e imitan movimientos de danzas tribales para «compensar» que su piel se ha aclarado por siglos de mestizaje.

Imagen relacionada

Alicia Keys usa ahora pañuelos africanos, y se riza el cabello a “lo afro”, para subrayar este aspecto de su ascendencia sobre todos los demás (por sus venas corre sangre irlandesa, escocesa, italiana, jamaicana y americana);  sin embargo, el contacto con las feministas la ha enseñado  a identificarse últimamente sólo “as a Black woman” y a defender movimientos supremacistas racistas como los Panteras Negras y Black Lives Matter. Si es inteligente se le pasará la tontería.

Estos comportamientos avisan de que se está estableciendo como dominante, un modelo cercenado y homogeneizado de lo que significa ser parte de determinado grupo. Esta imagen «pura», «auténtica» está hecha de esas cosas folklóricas y superficiales que no se comparten con otros grupos, más signos de adhesión política. Es por tanto una identidad jibarizada, estandarizada y auto-paródica en sí misma. ¡Olé!

Los adversarios son también estereotipados de igual forma; de hecho, la comunicación entre distintos grupos enfrentados supone un proceso de feedback en el que, efectivamente, se asumen las imágenes simplistas y paródicas que tiene el Otro como propias.

Esta asimetría que es la base del supremacismo tiene siempre una parte de verdad y otra de exageración, pero nunca implica en mi opinión una «cosificación» del Otro como afirman los psicólogos.

Más bien es al contrario: supone el reconocimiento en el adversario de nuestras propias capacidades humanas, como el ego, la planificación a largo plazo o el lenguaje simbólico. Esto es precisamente lo que los eleva a la categoría de enemigos o competidores, el ver en los oponentes una versión de nosotros mismos: Una imagen inversa o defectiva, pero de igual condición humana. Obsérvese que no llamamos «enemigo» al mosquito que se asegura de que estemos despiertos antes de picarnos, o a la báscula que nos llama gordos cuando la pisamos: salvo que queramos hacer una personificación poética.

La cuestión de la cosificación o deshumanización (la científica, no las majaderías que escribía Simone de Beauvoir y su batracio marido) se aviva periódicamente cuando se permite que un genocidio sea conocido mediáticamente (la mayoría no lo son, incluso hoy en día), como fue el caso con la “Solución final” nazi o el pavoroso genocidio en Ruanda. Autores como David Livingstone (“Less than human”, 2011) argumentan que sí existe una percepción de las víctimas como “ratas” (nazis) o “cucarachas” (hutus respecto de los tutsis), es decir como no humanos. Personalmente no me convence, ya que uno no sale a matar cucarachas lleno de odio ni las considera moralmente abyectas. Insisto en la  idea de la imagen humana defectiva, pero humana al fin y al cabo. Adolf Hitler era un sociópata extremo; sin embargo, no fue capaz de visitar los campos de exterminio ni una sola vez. Evitaba el horror como evitaba ver fotografías de sus propios soldados muertos. Es decir, sabía que los que ocupaban los campos no eran ratas ni cucarachas, y por eso pudo odiarlos.

Sin embargo, sí es cierto que existe una deshumanización, en el sentido de despersonalización, en el Supremacismo; la reducción de seguidores y adversarios a categorías simplistas arriba comentada, implica que los rasgos individuales son ignorados. Incluso los líderes sufren esta reducción caricaturesca, como vemos en Kim Jong-un o en los ayatolás iraníes. En el supremacismo, el individuo termina velado detrás del rol que cumple dentro del movimiento.

Ja ja, no, el clérigo Al-Sistani no salió en la trilogía de El Señor de los Anillos. Ni siquiera en “Las dos torres.”

El supremacismo por tanto permite ignorar esos dilemas éticos que surgen al atender al contexto de una situación o ponerse en el lugar del otro. Esto se consigue proponiendo (o imponiendo) una descripción de la realidad de tipo maniqueo, en la que aparece un «nosotros» y un «ellos» claramente identificable por rasgos superficiales como el color de la piel, la forma de vestir, o la forma especial del grupo de llamar a las cosas: «jóvenes y jóvenas». Es importante que el in-group y el out-group se puedan diferenciar de manera aparente y superficial, porque esta narrativa no permite un análisis complejo y contextual antes de llegar a la acción. Los «malos» y «buenos» deben ser identificables inmediatamente y a distancia, como los barcos de guerra que señalaban su afiliación con una bandera para evitar el fuego amigo.

Sin embargo, esta necesidad de señales externas simplificadoras no supone que un sistema supremacista incida sólo en la apariencia. Estas trazas reconocibles permiten dividir la realidad social en clases que se suponen homogéneas y separadas, dentro de las cuales se espera encontrar otros rasgos más profundos y esenciales como valores, cualidades morales o creencias sobre la naturaleza humana y el universo, guiados por un patrón del que los líderes efectivos o legendarios son el modelo.

El supremacismo, como cualquier otra ideología, aporta una descripción operativa de la realidad, siempre compleja e incierta; que el cerebro agradece pues le permite funcionar con mucha menos energía. El mundo y nuestro lugar en él aparecen así claros y transparentes, con respuestas disponibles y comportamientos conocidos para lidiar con ese mundo cuyas relaciones causales no comprendemos, y eso nos hace sentir «empoderados». A este beneficio común a toda ideología dogmática el supremacismo añade el dualismo metafísico.

En esta visión como decimos maniqueísta, el Bien y el Mal (se les llame o no por ese nombre) tienen una existencia propia, y no son meras categorías subjetivas del juicio moral. La Historia humana por tanto, pasa a ser el escenario de una batalla cósmica entre luz y tinieblas, en lugar de estar regida por leyes físicas como el resto del plano físico. En esta representación, el in-group, «nosotros» constituye el bando de los buenos, lo cuál proporciona bienestar psíquico y autoestima. Sin embargo, seguimos teniendo toda clase de problemas. La respuesta sempiterna es que estas contrariedades y males no pueden derivar de nuestra conducta, ya que somos buenos y tenemos la razón; es por esto que el supremacismo suele acompañarse del victimismo como explicación mítica de consumo interno, y no sólo como estrategia de manipulación.

El victimismo supone que el in-group es subyugado o constreñido por grupos «opresores» que son la causa real de todos los problemas. Además, esos opresores o agresores actúan guiados por su inherente maldad o corrupción, no como respuesta a circunstancias que, de ser aplicadas una por una a «los buenos», les llevaría a los mismos comportamientos.

Por tanto, la solución definitiva a todos los males del mundo es posible, y vendrá de la eliminación postrera de los adversarios demonizados y la toma del poder definitiva del bando propio.

Los modelos arquetípicos de estos chivos expiatorios, suelen ser grupos y personas que se diferencien claramente del resto de la sociedad y que todo el mundo conozca; por tanto su contribución social, positiva o negativa, es irrelevante.

Los judíos, adeptos a esa religión occidental con notas orientales como mutilar un poco a los niños varones, es un chivo expiatorio preferido de casi todos los discursos maniqueos actuales. Esto se debe a que las comunidades judías representan de manera simbólica a la Élite, es decir a una parte de la sociedad auto-suficiente, culta, y con consciencia de ser responsables de su propio destino. «Si no existieran los judíos, habría que inventarlos», comentó célebremente Adolf Hitler.

Un chivo expiatorio es un macho cabrío, que se abandonaba en el desierto supuestamente cargado con los pecados de toda la comunidad. Así se esperaba evitar la venganza de los dioses por la impiedad popular, y se refuerzan los lazos de la comunidad sacrificadora. La Biblia reconoce esta tradición cuando Yahweh manda a Aarón sacrificar uno para Él y otro para Azazel, temido demonio del peligroso desierto. Levítico 16:10-12

El caso de los judíos, esos «empollones de la clase» (uno de cada tres premios Nobel de Ciencias los ganan judíos, mira si España tendría premios Nobel si no los hubiésemos expulsado) no es ni mucho menos único, pero por su impresionante contribución a la cultura y sus raíces profundamente occidentales se han convertido en el enemigo por antonomasia en el mundo contemporáneo. Esto es útil a nivel de análisis, ya que la mayor parte de los discursos supremacistas actuales los incorporan a su relato; y el odio a los hebreos nos avisa de que la narrativa en cuestión probablemente sea supremacista y se esté alineando de parte de «la Masa» frente al sospechoso Individuo, que es la realidad profunda que esconde la dicotomía retórica Pueblo versus Élite.

El supremacismo supone por tanto la sustitución de la aproximación científica al hecho social y natural por un relato moral, esencialista y teleológico; un discurso tan significativo y movilizador para el individuo como simplista y desconectado de la realidad.

El supremacismo necesita aparentar racionalidad, ya que como hemos dicho antes nace en la civilización o sus márgenes. Por esto se dotará de explicaciones pseudo-racionales, como teorías raciales, dialécticas históricas, o argumentos que sólo tienen sentido dentro de su propio texto, como la palabra «hobbit» sólo tiene sentido en los libros de Tolkien pero no en el mundo real.

Todas estas narraciones no aguantan un contraste serio con la verdad empírica y el rigor lógico, pero sirven al propósito de dotar al converso de racionalizaciones creíbles y de presentar a la sociedad al movimiento como abierto a la crítica y dispuesto a jugar con las «reglas» de la sociedad civilizada.

Sin embargo, el Supremacismo no tiene su verdadera fuente de energía en estos constructos mentales, sino en las emociones. Las emociones son respuestas integrales del cuerpo-mente de un animal respecto a un estímulo del medio. Si estas respuestas pueden ser moldeadas y canalizadas en los miembros de un movimiento para los fines de esa estructura, se puede aprovechar una parte significativa de la energía orgánica disponible (vehiculada por el oxígeno y las moléculas de ATP) para determinados objetivos. Las respuestas emocionales son estereotipadas, intensas y canalizadas por determinados estímulos simbólicos y sinergias colectivas. El comportamiento emocional humano, está de hecho naturalmente diseñado para sincronizarse con otros mediante movimientos, sonidos, pancartas, hastags etc. que ponen nuestro cuerpo en «modo suprapersonal».

El estado emocional de los seguidores es controlado y modelado a través de símbolos y rituales, de modo que la energía de los individuos y grupos funciona en una dirección determinada y coordinable.

Por tanto, el ciudadano que se adhiere a un credo supremacista no tiene una relación racional sino sentimental con él; lo que importa son las emociones intensas, los lazos personales y los símbolos compartidos. Sin embargo, el Discurso condicionará su percepción del mundo hasta determinar también su capacidad de juicio y comprensión. El poder de estos «filtros» será mayor cuanto mayor sea la implicación emocional con el movimiento.

Por ejemplo, en el caso del nacionalismo catalanista se insiste en que la identidad nacional y el deseo de independizarse del resto de España es «un sentimiento». Esta es de hecho su verdadera esencia, derivada de la interacción social simbólica, aunque se le superponga una costra pseudo racional que organiza la acción y ayuda a boicotear los brotes de racionalidad que puedan surgir.

El supremacismo permite una enorme movilización social, enérgica y capaz de escalar muy rápidamente. Por eso se usa a menudo para preparar una nación o un grupo dentro de una sociedad para la guerra, que es la forma aguda de la competencia por los recursos.

En los lugares menos civilizados de las ciudades (barriadas donde se concentran los aluviones de inmigración y los sectores marginales, cinturones de chabolas y las no-go areas que se multiplican en Europa), las personas conservan o adquieren rasgos tribales. Por esta razón, se convierten en viveros naturales de los supremacismos, que les ofrecen un puente entre el mundo tribal del gueto y la sociedad de “fuera.”

En el extremo opuesto de la jerarquía social, también encontramos neo-tribus que recurren incluso a la magia ritual para mantener su estatus, en un mundo donde la economía es manejada por ejércitos de bots y George Soros puede llevar a la bancarrota a un país que le cae mal. Las personas que acumulan poderes inimaginables para un emperador de hace un siglo, se sienten paradójicamente muy vulnerables y condicionadas; construyen búnkeres subterráneos, parecen una figurica de los Sims como Mark Zuckerberg, o beben agua que les traen de un pozo en Laponia. Estos ciudadanos también son especialmente vulnerables a credos supremacistas, y los Supremacismos compiten rabiosamente por ocupar sus mentes estratégicamente situadas.

El terror social al virus supremacista extendiéndose entre las clases sociales marginales y depauperadas se expresa actualmente en las películas de zombis, y el horror equivalente en nuestras élites socioeconómicas, en las conspiraciones de reptilianos enmascarados. La opinión pública acusa a los líderes políticos de apoyarse en unos y otros, y a menudo con razón.

La mentalidad y costumbres que pueden ser ventajosas a nivel personal o grupal en ciertas coordenadas socioculturales, no parecen serlo cuando consideramos la sociedad en su conjunto. En menor medida aún la sociedad global con su superpoblación, cataclismo ecológico, armas de destrucción masiva, comunicaciones instantáneas de una punta a otra del globo, o inteligencia artificial. Un mundo civilizado como el nuestro necesita humanos civilizados: igual que metemos en casa a un perro pero no a un lobo, y dejamos que los macacos del zoo jueguen con palos pero no con Kalashnikov. No hay nada malo en lobos y macacos, pero su inclusión en estos nuevos ambientes entropizados es nociva incluso para ellos.

Por eso los supremacismos, al promover una hipertrofia de estos comportamientos primitivos y protegerlos de sus cortafuegos culturales (crítica racional, exposición pública, sátira y parodia, sometimiento al imperio de las leyes comunes), se han erigido en obstáculos colosales al empeño quijotesco de la Humanidad por llegar a conocer el siglo XXII.

El Supremacismo como hidra de cien cabezas nos amedrenta porque vivimos en tiempos de desaforada aceleración histórica y e imparable pérdida de la diversidad/riqueza ecológica y cultural.- El mundo hace trescientos años no era más agradable ni la vida más fácil; muy al contrario. Sin embargo, la tierra que acogía a las personas demasiado pronto no se encontraba a muchos metros de sus pies, o era profanada por aparcamientos y estaciones de metro. El cielo estaba poblado cada noche despejada por mensajes brillantes de eternidad y significados colectivos, y no por aviones y drones. Nuestro tiempo representa un brazo muy abierto de la espiral de la Historia, y su fuerza centrífuga activa cada día nuestro lado más salvaje y atávico, el modo supervivencia.

Los supremacismos ofrecen soluciones “finales” o apocalípticas a esta angustia del zeitgeist, sin embargo sus estrategias reales promueven que las condiciones que les han permitido aparecer no sólo no desaparezcan, sino que aumenten sin control.

Así y todo, necesitan que pongamos algo de nuestra parte, como el diablo de las leyendas necesita una firma en la que mostremos nuestra aquiescencia.

El supremacismo depende para quedarse con nuestra alma de que no aceptemos nuestros aspectos primarios, nuestra parte animal, y nos sigamos creyendo ángeles y demonios. Depende también de que compremos los tentadores Discursos que nos ofrecen, y no podamos o no queramos ver nuestros verdaderos problemas con la perspectiva requerida.

El Supremacismo es la forma dominante de pensamiento en el siglo XXI, especialmente en política y religión; esto es debido a varios factores, entre los que destacamos:

I. la explosión demográfica, que ha multiplicado por 7.6 la población mundial de 1900 y se espera siga creciendo exponencialmente este siglo especialmente en África, Oriente Medio, y regiones de Asia y de América. En una sociedad global masificada, los movimientos de masas dominan sobre los sistemas basados en grupos que son la suma de individuos particulares. Esto favorece a los Supremacismos, que son siempre colectivistas.

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El crecimiento demográfico mundial añadido a la población global de 2008 (entonces 6400 millones) hasta 2050. Gráfico de Lauren Manning

 

II. La estandarización cultural: El industrialismo, corporativo (neoliberal) o estatista (comunista) ha interaccionado con esta demografía disparada en una dinámica de realimentación positiva (en inglés, positive feedback loop) que significa que la economía permite que haya cada vez más personas y la población incrementada a su vez proporciona unos beneficios crematísticos que estimulan el crecimiento de las explotaciones económicas. La palabra positivo aquí tiene un significado meramente matemático, no cualitativo; porque este tipo de desarrollo de la industria humana (pese a lo que nos dicen los políticos de derecha o izquierda) es anómalo, disfuncional y auto-destructivo, además de basado en una pseudociencia (la Economía), y no en el rigor epistemológico.

En todo caso, lo importante para nuestro artículo es que este modo de producción destruye la diversidad cultural y social, y fagocita el legado humano devolviendo como output productos estandarizados. Esto es ideal para los supremacismos, ya que disponen de muchas más imágenes simbólicas que son entendidas por todo la población planetaria.

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Los supremacismos proponen una idea de la sociedad global basada en unos pocos grupos sociales homogéneos, donde las diferencias personales que nos hacen únicos -esas cosas que no se ven- queden poco a poco anuladas. Que toda la diversidad humana quepa en una caja de rotuladores…

III. El tercer factor a subrayar, es el salto cualitativo (y en progresión continua) en el nivel de integración de los sistemas sociales humanos. Si la invención del alfabeto y el correo con caballos y barquitos de vela creó movimientos culturales intercontinentales, ¿Qué puede generar una red que es capaz de sentar a mil millones de personas a la vez para ver el mismo episodio de la nueva temporada de Juego de Tronos? ¿Qué oportunidades brinda al supremacismo el que personas de decenas de países puedan cantar el mismo himno, mirando la misma imagen, estén en un ático de lujo en Dubai o en una calle llena de barro de Sao Paulo?

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Me gustaría haber sido capaz de transmitir la idea de que las tendencias a discriminar positivamente a favor de nuestro propio grupo son naturales, y ofrecen un repertorio de actitudes que son aptitudes necesarias para la supervivencia. No sólo las especies territoriales como los primates o los leones, sino todas las formas de la vida poseen, necesariamente, estos sesgos. La vida es, en este sentido, aquello capaz de diferenciar «dentro» y «fuera», y tratar estas dos realidades de forma diferente, discriminatoria. Hasta las humildes bacterias protegen su interior y lo nutren, y expulsan al medio sus deshechos. Mantienen su identidad a costa de derivar la entropia, el desorden físico, fuera. Si otra bacteria es asimilable, se la comen, y si moléculas nocivas tratan de penetrar su membrana, se defienden, e incluso envían señales de aviso a otras bacterias para actuar colectivamente. Si eso no es mirar por lo tuyo por encima de todo, que baje Zeus y lo vea. La vida es necesariamente egocentrista porque la vida es un mecanismo de conservación de una identidad diferenciada del ambiente, por medio de procesos como el filtrado de agentes externos o la homeostasis.

Elephant protecting its baby calf from hyenas | A Writer ...

Sin embargo, los supremacismos como estructuras suprapersonales que parasitan la civilización no son necesarios (no existían antes de la Civilización) ni biocompatibles: no contribuyen a la vida humana y biológica, sino que son su némesis. Son el equivalente cultural del meteorito que diezmó a los dinosaurios, al haberse combinado con una tecnología que exige un nivel de racionalidad y consciencia muy elevado. O sobra la tecnología o sobra el pensamiento supremacista, y en este siglo veremos desaparecer necesariamente a uno de los dos.

Sería genial escribir otro día un artículo con una serie de sugerencias prácticas para obstaculizar, sofocar y destruir el Supremacismo en nuestra sociedad, y sin usar ingredientes tóxicos para el Medio Ambiente.

 

Autor: DiegoT

Soy el portavoz de una comunidad de trillones de células eucariotas, bacterias, levaduras, hongos y protozoos. Todos del Real Madrid.

Un comentario en “Supremacismo”

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